La pelota en el closet

Acabo de regresar de viaje. Ayer, estaba desempacando mi maleta, aunque regresé hace cuatro días, y en una de las vueltas que di, abrí la puerta del clóset para guardar una chamarra y la vi: la pelota en el clóset. No tengo idea de cuándo fue la última vez que jugué basquetbol, pero sí tengo la certeza de que fue hace más de cinco años. De hecho, hace cuatro años compré esta pelota que está en el clóset  y no la he estrenado. Cuando la vi, me detuve un momento, caí en cuenta de todo esto y me dispuse a reflexionar.



No puedo imaginar mi vida sin el basquetbol. Cuando empecé a jugar, era bastante tímida, nunca lo había hecho y no sabía bien de qué se trataba. Pero poco a poco fui descubriendo que disfrutaba jugar enormemente y que era buena. En menos de lo que me imaginé, el basquet se volvió todo para mí. Este deporte me enseñó muchas cosas y gran parte de quien soy se lo debo al basquetbol: me enseñó a trabajar en equipo, a entrenar duro, a no darme por vencida, a ser fuerte, a concentrarme, a ser decidida, a aprovechar oportunidades sin vacilar, a ganar y a perder; me enseñó de estrategia, de disciplina, de perseverancia, de control; me enseñó a respetar a mi contrincante y a nunca subestimarlo; fue mi mejor terapia, mi más grande aliado. Mis momentos más felices y mis derrotas más grandes de la adolescencia los viví en la cancha. (Claro, en esas épocas de la vida las responsabilidades que tenía se limitaban a no descuidar la escuela y a ser buena hija.) Y fue tal mi dedicación y el apoyo que recibí de mi familia y de mi equipo, que tuve el honor de representar al Distrito Federal en la olimpiada juvenil nacional en el 98, e incluso me ofrecieron una beca, que no acepté, para jugar en otra prepa. Pero una vez que terminé la prepa todo cambió. Los siguientes diez años pasaron volando, y el basquetbol poco a poco se fue volviendo uno de mis mejores recuerdos. Intenté seguir jugando. Opciones tenía, pero era complicado ir a jugar a los lugares donde me invitaban. Al final tuve que escoger entre una universidad en donde pudiera jugar, pero en donde iba a estudiar algo que no me interesaba, o una universidad donde pudiera estudiar lo que me interesaba, sin jugar. La segunda opción ganó. Poco a poco, empecé a adquirir más responsabilidades, tenía horarios más complicados y después de unos años empecé a trabajar. Así empezaron a pasar los años.

Hace siete años me vine a vivir a Estados Unidos y creí que iba a tener la oportunidad de jugar sin problemas, pero no fue el caso. He intentado unirme a algún equipo en los gimnasios de las varias ciudades en las que he vivido, pero no hay equipos de mujeres. En algunos, hay equipos mixtos, pero no me atrevo a jugar ahí. Los años me han pasado factura, y las muchas lesiones que no cuidé hace diez años se hacen evidentes con cualquier descuido. No por eso se me olvida. La mitad de lo que soy es esa jugadora decidida que entrenaba tan duro como era necesario para estar al nivel del juego, que aceptaba las pérdidas como enseñanza y saboreaba los triunfos como conquista. Todo lo que aprendí jugando son herramientas muy valiosas para la vida, y por eso siempre le voy a estar agradecida al basquetbol, a mis entrenadores y a mis compañeras. Mi vida no sería la misma sin esos días gloriosos en la cancha. Y mi vida no sería la misma sin esa pelota en el clóset. Es parte de mí, y sé que llegará el día en que vuelva a jugar.

-Fuente: www.nosotraseneldeporte.com
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Columna sin afinidad política u organizativa, dedicada a seguir a las selecciones mexicanas de basquetbol en todas sus categorías.
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